martes, 23 de agosto de 2011

Historia de otra mochila, por Michavila

Pepe, de trece años, perdió su mochila. No era una mochila cualquiera. Era su mochila de peregrino de la JMJ (Jornada Mundial de la Juventud), con su crucifijo, el Evangelio, el móvil y algunos entrañables recuerdos personales. Y también con todos sus ahorros: ¡veintiséis euros!

Lo preocupante del asunto es que no le sucedió en un lugar cualquiera sino que fue en pleno paseo de la Castellana, la avenida central más grande de la capital de España. Tampoco era una hora cualquiera. Era el momento en que cerca de un millón de jóvenes terminaron de rezar el vía crucis con el Papa el pasado viernes 19 de agosto. Un grupo de amigos, en compañía de sus hijos, había acompañado el rezo de la multitud sentados en el asfalto central de la Castellana. Justo delante del Ministerio del Interior.

Al terminar el acto, el Papa pasaba de regreso. Quisieron acercarse para verle lo más cerca posible. En esas, Pepe le pidió a su padre que le subiera a hombros. Y pudo ver de cerca al Papa. Se quedó más que feliz. Pero en el lío del momento su querida mochila quedó olvidada en el suelo. Un disgusto. Nada grave, pero sí un disgusto. Pepe y sus amigos buscaron un buen rato entre los miles de pies que allí andaban. Imposible. En esa aglomeración no podía aparecer una mochila, que, además, era exactamente igual a otros cientos de miles de mochilas.

Esa misma noche, ya muy tarde, Irene, su hermana mayor, recibió una llamada en el colegio en el que dormía con su equipo de voluntarios. Pese a la hora, estaba todavía despierta y trabajando con un grupo de amigas, también voluntarias, en procurar que la concentración de más de millón y medio de jóvenes prevista para la noche del sábado saliera lo mejor posible. Carlos, voluntario responsable del centro de atención de incidencias, quería decirle algo. En una Iglesia de Alberto Alcocer había una mochila. Dentro de ella, un papel hacía pensar en que el dueño era hermano de Irene. Y así era. La mochila había pasado por varias manos. Todas de buenas personas, de gente preocupada en encontrar a su dueño y devolverla. Y lo consiguieron. Apareció la mochila, el crucifijo, el Evangelio, el móvil y los veintiséis euros.

No hace falta ser un eminente jurista para saber bien que, por desgracia, hay que hacer leyes para sancionar a los que roban. Y que, cuando hay un grupo algo numeroso de gente, siempre hay alguien que roba o que se aprovecha de un descuido ajeno. Que la ley es necesaria, pero que no basta. Y que no vale cualquier ley. Que hay leyes buenas, que dan buenos resultados para la convivencia, y leyes que no ayudan a mejorar la sociedad.

No hace falta ser peregrino de la JMJ para recordar que hay algo mucho más eficaz que las leyes para hacer una sociedad mejor. Aunque no está de más escuchar que no podemos sentirnos dioses para hacer leyes que decidan quien tiene derecho a vivir y quién no. Y que ese mundo mejor no lo crea el puro poder, el derecho positivo, la norma escrita, los parlamentos o los boletines oficiales sin más. Ese mundo lo crean personas y leyes que respetan a todos porque saben valorar la dignidad de los demás como la suya misma. Que tienen la humildad de saber que hay verdades, cosas que son como son. Y no está nada mal aprender que es posible encontrar un mundo de convivencia basado en el respeto a los demás. Incluido el respeto a su mochila perdida. Otra mochila con un móvil. Esta vez de paz. Así lo aprendió en esas jornadas mi hijo Pepe.

Fuente: ElMundo

2 comentarios:

  1. Precioso, aún quedan muchas personas honradas.

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